La IA sabe mucho. Pero no trabaja aquí

El valor del criterio humano en la empresa inteligente

Durante los últimos años hemos observado una aceleración extraordinaria en la adopción de inteligencia artificial. Lo que comenzó para muchos profesionales como una herramienta para generar textos, resumir documentos, crear imágenes o resolver consultas está entrando rápidamente en una etapa mucho más profunda.

Las empresas ya están utilizando sistemas de IA para analizar información, automatizar procesos, apoyar decisiones financieras y comerciales, identificar patrones, proyectar escenarios y administrar grandes volúmenes de conocimiento corporativo. Esto cambia la conversación y la pregunta ya no es si las empresas utilizarán inteligencia artificial. Ahora el cuestionamiento apunta a cómo la utilizarán, quién la gobernará y qué decisiones estaremos dispuestos a delegarle.

De la adopción a la gobernanza

El caso peruano resulta particularmente interesante. EY Perú informó en junio de 2026 que el 78% de los miembros de directorio y alta gerencia encuestados considera que la inteligencia artificial mejora la calidad de sus decisiones, mientras que 97% desea aprender más sobre ella. Empero, existe una brecha evidente: apenas 10% de las empresas analizadas cuenta con políticas de IA aprobadas, 66% de los directorios no posee un especialista en IA y 68% de los ejecutivos encuestados no había recibido capacitación sobre su uso y su impacto empresarial. Es decir, existe entusiasmo, pero todavía no necesariamente madurez.

La IA está ingresando a las organizaciones más rápido de lo que las organizaciones están aprendiendo a gobernarla.

Y creo que allí se encuentra uno de los mayores desafíos para los próximos años en las empresas de Perú y LATAM.

No es un problema generacional

Sería sencillo atribuir esta situación a que algunos directivos no son “nativos digitales”. Pero probablemente sería incorrecto. El problema no es la edad. Es la existencia —o ausencia— de capacidades, cultura organizacional, liderazgo y mecanismos de gobernanza. De hecho, la investigación de EY identifica como principal barrera para una implementación efectiva de IA la falta de conocimiento, seguida de restricciones de recursos, problemas de gobernanza y resistencia al cambio. Por eso una empresa puede adquirir la tecnología más sofisticada disponible y seguir siendo una organización poco preparada para utilizarla.

Comprar IA es sencillo. Transformar una cultura empresarial no lo es y esto hace referencia a un post que escribí hace más de 10 años.

¿Puede una IA conocer una empresa?

Aquí aparece otra discusión interesante. Los actuales sistemas de IA pueden procesar enormes cantidades de información. Cuando se integran adecuadamente con los sistemas empresariales pueden analizar documentos internos, información financiera, indicadores comerciales, CRM, ERP, procesos y bases de conocimiento. En ese sentido, sería incorrecto sostener que una IA solamente conoce aquello que encontró alguna vez en Internet. Una IA corporativa puede llegar a tener acceso a más información formal sobre una organización que cualquiera de sus directivos. Empero, existe una diferencia fundamental: “información no equivale a experiencia”.

Imaginemos que los indicadores muestran que la productividad de determinada área disminuyó 17%.

Una IA podría comparar variables, encontrar correlaciones, analizar absentismo, resultados históricos, rotación, desempeño y decenas de indicadores adicionales. Probablemente haría ese trabajo muchísimo más rápido que cualquier equipo humano. Pero detrás de aquél porcentaje se esconden elementos que ningún tablero refleja completamente: una conversación, un liderazgo debilitado, una promesa incumplida, una reorganización mal comunicada, miedo, frustración o pérdida de confianza y esos son datos que también importan. Solo que muchos de ellos nunca fueron registrados como datos.

La IA tiene datos sobre las organizaciones. Las personas tenemos memoria de las organizaciones.

La IA no busca la perfección

Tampoco considero técnicamente correcto afirmar que una IA “busca la perfección”. Una inteligencia artificial procesa información y genera resultados siguiendo modelos, objetivos, probabilidades e instrucciones. Y es ahí donde justamente debemos ser cuidadosos.  Porque una organización no es simplemente un sistema que necesita ser optimizado. Una empresa está formada por personas.

Podemos optimizar costos, tiempos, inventarios, conversiones, productividad o rentabilidad. Pero liderazgo, confianza, reputación, legitimidad, compromiso o pertenencia son fenómenos humanos mucho más complejos. Podemos medir aproximaciones de ellos. Podemos utilizar IA para interpretarlos mejor. Pero no deberíamos confundir capacidad de cálculo con capacidad moral para decidir.

Permanecer humanos

El papa León XIV desarrolló en 2026 una reflexión especialmente relevante sobre este asunto en la encíclica Magnifica Humanitas, dedicada precisamente a la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. Reconoce que estos sistemas pueden superar al ser humano en velocidad y amplitud de cálculo, pero introduce una diferencia esencial: las inteligencias artificiales “no viven una experiencia”.No sienten alegría o dolor, no maduran mediante relaciones y tampoco poseen conciencia moral ni pueden asumir el peso de las consecuencias. Independientemente de las convicciones religiosas de quien lea estas líneas, existe allí un principio de gestión y ética empresarial muy poderoso:

«La tecnología puede intervenir en una decisión, pero la responsabilidad debe seguir teniendo nombre humano».

Y esto adquiere especial relevancia cuando hablamos de contratación, despidos, crédito, reputación, comunicación, evaluación de personas o cualquier decisión que pueda afectar la vida de alguien.

Entonces, ¿la IA reemplazará trabajos?

Sí. Y sería irresponsable negarlo. El Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum señala que una parte importante de los empleadores prevé reducir personal allí donde las habilidades pierdan relevancia debido a la transformación tecnológica, mientras que la automatización de procesos y tareas aparece entre sus estrategias principales.

Pero la misma investigación revela algo todavía más importante.

El 86% espera que la IA y las tecnologías de procesamiento de información transformen su negocio para 2030, mientras que 77% proyecta capacitar o reconvertir a sus trabajadores para trabajar de manera más efectiva junto a la IA. Por eso creo que decir simplemente “la IA no nos reemplazará” nos conduce a una discusión equivocada.

La pregunta correcta sería: ¿Qué parte de nuestro trabajo queremos seguir haciendo nosotros?

El trabajo operativo, repetitivo, predictivo y una parte creciente del análisis podrá delegarse.

Eso no necesariamente debería preocuparnos.

Podría permitirnos recuperar tiempo para aquellas capacidades que durante años hemos declarado estratégicas, pero que muchas veces relegamos porque estamos absorbidos por la operación: pensar, crear, conversar, negociar, escuchar, interpretar, liderar.

El nuevo profesional

Quizá el trabajador más competitivo de los próximos años no sea quien más cosas sepa hacer sin inteligencia artificial. Tampoco quien simplemente conozca más herramientas. Será aquel que pueda combinar tres capacidades: conocimiento profesional + inteligencia artificial + criterio humano.

Porque cuanto más sofisticadas sean las respuestas que recibamos de una máquina, más importante será nuestra capacidad para formular buenas preguntas.

Cuanto más análisis podamos automatizar, más importante será interpretar qué significa.

Y cuanto mayor autonomía concedamos a los algoritmos, mayor deberá ser nuestra capacidad para establecer límites y asumir responsabilidades.

El futuro probablemente no será una competencia entre inteligencia artificial e inteligencia humana.

Será una competencia entre organizaciones que sepan integrar ambas inteligencias y organizaciones que no lo hagan.

El desafío ya comenzó. Y desde el campo de la comunicación y las Relaciones Públicas tenemos muchísimo que aportar. Porque podemos automatizar información. Podemos automatizar análisis. Podemos incluso automatizar parcialmente una conversación. Pero confianza, legitimidad y reputación siguen construyéndose entre seres humanos.

La IA puede ayudarnos a decidir. El criterio sigue siendo humano.

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